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Santiago de los Caballeros

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TESTIMONIOS DE CAMPISTAS Y VOLUNTARIOS

Elvis Mejia

Santo Domingo, Rep. Dom.

"Ser voluntario transforma la vida"

 

Durante cuatro años he ido a los campamentos de verano en Bao como equipo de planta, y mi vida se transforma dos  veces por semana en esos veranos. Podría decir que la experiencia de Bao es evangélica, porque en cada campamento vuelvo hacer niño, se nace de nuevo con cada grupo, se ríe con la sonrisa de ellos, se experimenta un paraíso no sólo por el verde, las montañas, el cielo estrellado y el río sino también por la inocencia desbordada, la ternura a flor de piel y los rostros esperanzados y marcados por un sinnúmero de realidades.

Para mí fue un sueño hecho realidad poder participar por tantas semanas en los campamentos, porque había tenido experiencias similares en la pastoral juvenil y el ambiente me asienta bien, así que cuando estuve la primera vez tardé para creérmelo y cada año sueño con la posibilidad de volver a servir, de poder ir aunque sea una semana a entregar la vida en ese lugar y de esa manera, brincando, jugando, orando, amando la naturaleza y aprendiendo de los mejores maestros de la vida, de esos que saben poco, pero que en realidad saben todo lo necesario para ser feliz, así que mientras más chiquitos saben más, ser felices.

Ser voluntario transforma la vida, pero no sólo estando en el campamento sino en la cotidianidad. He cambiado la forma de mirar los rostros de las personas en las calles, cuido los espacios públicos porque son míos y son de todos, ser voluntario allá, en Bao, me lleva a ser mejor en casa, he aprendido a decir menos “no” a los niños y disfruto cada segundo con mis sobrinas. Ahora soy voluntario en la vida, con una actitud de gratuidad y de bondad para todos.

Además de los niños están los adultos que en diferentes momentos también se hacen niños de nuevo, Andrea por ejemplo, me enseña hablar con paz y cariño a todos, del padre Roberto aprendí que la diversión en la competencia tiene sentido si se termina con un abrazo sincero y una carcajada amistosa, en las cocineras me es difícil no reconocer una madre intranquila porque todos sus hijos coman y que coman bien, Francisco es el vendedor más sonriente que conozco, del padre Cristian tengo los mejores ejemplos de imaginación creativa y prudente, con el equipo se crea una hermandad y con los guías una amistad, y así de muchas personas más aprendí amar este lugar.

Siempre que voy al campamento me siento en casa, acogido por el lugar en sí y por todas las personas que están y que llegan, para mí el tanto amor recibido allá hace que sean insignificantes las pizcadas de mosquitos o la repetición del menú.

Espero que este lugar pueda existir por siempre y que cada vez pueda alcanzar más niños porque me consta que ellos son los más beneficiados, y es que este lugarcito es un motor silente que va transformando vidas y así va transformando el mundo.

Daniel March

Bilbao, Madrid

Experiencia de voluntariado en el Campamento Padre Dubert

(República Dominicana)

                                                                                                                            

Como se suele decir, hay cosas que tienen que pasar porque así estaba escrito, como si estuviéramos predestinados a vivirlas. Es lo que sin duda se ha dado en mi caso en el Campamento Padre Dubert, en Bao, perteneciente al municipio de Jánico en Santiago de los Caballeros en la República Dominicana.

Pese haber vivido otra experiencia de cooperación internacional con la Compañía de Jesús, a través de ALBOAN, en Colombia y de la mano del proyecto ElkarTopatzen hace ahora dos años, no había oído, leído ni visto en ninguna parte el trabajo que llevan a cabo los jesuitas en la provincia de las Antillas y, mucho menos, sobre esa experiencia del campamento en la República Dominicana. Sin embargo, a través de la coincidencia o por obra de Dios, llegué a descubrir algo sobre este asunto por medio de una chica llamada Raquel que conocí a través del grupo de Facebook Grupo de Comunicación Loyola SJ. A pesar de ello, cuando descubrí eso me encontraba en un proceso de solicitud de un programa del Gobierno Vasco llamado Juventud Vasca Cooperante, con la pretensión de que me subvencionaran un proyecto de cooperación internacional con las hermanas pasionistas en Pereira, Colombia. Por desgracia o gracias a Dios, ese proyecto no salió hacia adelante pero seguía en el proceso porque me ofrecieron desde la Asociación Adecco ir a Yurimaguas, en la amazonia del Perú. Tampoco salió adelante, porque finalmente mi solicitud no fue aprobada. Pero no me resigné. Tenía claro que este verano, aparte de hacer un voluntariado aquí en Bilbao con Cáritas en el campo de trabajo que coordino en el barrio de San Francisco, quería vivir otra experiencia de servicio más de ruptura y de salir a un lugar totalmente desconocido. Miré que se ofrecía desde la Universidad de Deusto y me interesé por un campo de trabajo con niños y niñas con diversidad funcional pero resultó que solamente podían optar a plaza estudiantes de grado, y yo había terminado mis estudios de Trabajo Social el año anterior. Cuando ya parecía que no había manera de ir de cooperación este verano e iban saliendo otros planes, apareció la solicitud vía formulario de Google para el Campamento Padre

Dubert y sin pensar, la rellené. Raquel hizo de medio para yo conocer todo aquello y me puso en contacto con el director del campamento, el padre Cristian Peralta SJ. Yo le mandé mi curriculum, entre los dos cuadramos la fecha para mi estancia y compré el billete de avión con destino a Santo Domingo; ya estaba hecho.

Aunque antes de mi llegada a la República Dominicana ya me hubiera llegado la programación del campamento, no me podía imaginar lo bien que estaba montado todo y la buenísima dinámica que había con cada grupo de niños, niñas y jóvenes que pasaban por el campamento. La dinámica, de forma resumida, era que un grupo (parroquia, colegio u otra institución) de aproximadamente cien niños y el grupo de monitores llegaba al campamento, se asentaba durante tres noches y cuatro días y realizaban muchas actividades basadas en valores y en conseguir crear una conciencia ecológica. Ya el lema del campamento lo decía todo: la tierra es nuestra casa común la cuido yo la cuidas tú. Además ese lema tenía un baile que los campistas aprendían el primer día nada más llegar, después de las presentaciones del equipo de planta que era la gente que organizaba el campamento, de los guías que eran los monitores, así como de las señoras que eran encargadas de cocina. Después del primer baile de muchos otros que le seguirían, todos íbamos a darnos nuestro primer baño en el río Bao, río en el que llegué a perder la cuenta de tantas veces que me bañé. Aparte de los baños en el río, siempre jugábamos a muchas cosas, y la mayoría de juegos tenían relación con ese objetivo de hacer conscientes a los niños y niñas de la importancia de reciclar, no contaminar, de cuidar el planeta, de defender la naturaleza sobre los intereses económicos de las empresas extranjeras, etc. Todo ello, en clave de ocio, haciendo pequeños sociodramas, mediante una película que se proyectaba la primera noche, con talleres ecológicos, etc.

Además todas las mañanas estaban estructuradas de forma a encarar bien el resto del día, haciendo unos ejercicios de estiramiento para preparar el cuerpo, alzando la bandera y escuchando el himno para cultivar el amor por el país y orando para preparar el alma a todo lo que Dios tenía preparado para ellos y ellas durante los días de campamento y también en hacerles conscientes de la presencia del creador en todas las cosas. Además, también se hacía oración por las noches para agradecer el día.

Precisamente, las noches estaban también muy bien organizadas, ya que la primera de ellas era tranquila con una película sobre dinosaurios, en la segunda hacíamos una fogata y, alrededor de ella, los campistas hacían espectáculos como bailes, obras de teatro… La tercera y última noche era para que los y las guías hicieran del mismo modo, sus espectáculos, se celebraba una “última cena” a base de hot-dog, que contrastaba con la dieta habitual a base de arroz con habichuelas, y se visualizaba un vídeo que mostraba con fotos y fragmentos de vídeos los momentos más importantes del campamento.

El bombazo del campamento se producía la tarde del segundo día, donde se realizaba un rally ecológico con pruebas muy divertidas en las que antes de participar, los niños tenían que responder a unas preguntas también en relación con la naturaleza. La última prueba consistía en bañarse en un pozo de lodo para ya acabar conectados literalmente a la tierra y, finalmente, nos limpiábamos el lodo con otro baño en el río Bao.

Al tercer día, por la mañana, se subía la montaña que bordea el campamento, teniendo que cruzar antes el río y recogiendo toda la basura que nos encontráramos de camino, y por la tarde se seguía con los juegos hasta que sembrábamos unos arbolitos con el objetivo no solamente de cuidar la naturaleza mediante el reciclaje, la no contaminación y la recogida de basura sino de crear vida, de generar riqueza natural a favor de la vida y a favor de la creación que tenemos que cuidar y proteger.

Con todo esto, mi labor consistió en ser el encargado de cámara, en capturar los mejores momentos y llevarlos al proyector la última noche para que los niños y niñas disfrutaran viéndose a sí mismos participando en todo y de todo. Lo bonito de esa labor fue captar cada sonrisa, cada gesto, cada mirada de cada niño o niña que irradiaba una absoluta alegría y felicidad por el hecho de estar allí en el campamento compartiendo tantos momentos, creciendo en conocimiento, en valores y también en la fe cristiana. Lógicamente, para mi supuso exactamente lo mismo. Con cada grupo sentía que aprendía cosas distintas sobre la cultura del país, sobre los diferentes lugares aunque no los visitara… sobre las propias instituciones que pasaban por el campamento, sobre otras instituciones de las que me hablaban, sobre las personas que iba encontrando en el camino… Y que todo eso también adquiría una dimensión espiritual en el que esos instantes de compartir con tantas personas buenas; con los guías, con el equipo de planta y con los niños y niñas me hacía estar muy cerca de Dios y agradecer esos momentos tan especiales y felices. Me sentí especialmente acogido, cuando fui allá sin conocer a nadie, sólo durante un vuelo transatlántico pero con la certeza de que estaría en muy buena compañía y que todo sería espectacular, una expectativa que se cumplió con creces. Al final de todo, me quedó la impresión general de que vivimos en un mundo pequeño, que como dice el lema del campamento, es nuestra casa común, un regalo que Dios nos ha hecho y que tenemos que cuidarla porque la compartimos con todos los seres vivos. La experiencia en sí me ha recargado las pilas por seguir en el camino de hacer del mundo un lugar mejor en el que vivir, de seguir luchando por la justicia y denunciando las injusticias que se cometen contra el mundo, contra la naturaleza, contra los animales y contra las personas.

Estuve en el Campamento desde el 18 de julio, que llegué procedente de la Curia en Santo Domingo, hasta el día 13 de agosto. Sin embargo me fui del país el día 16, por lo que tuve tiempo para presenciar en el noviciado de Santiago de los Caballeros los votos de unos compañeros novicios que conocí, conocer algo más la ciudad, de descansar y reposar la experiencia antes de partir hacia Santo Domingo y regresar a Bilbao.

Sin duda el tiempo que estuve se me pasó muy rápido y me gustaría volver, seguir colaborando desde aquí de alguna forma o al menos que la gente de Bilbao y al rededores que anda en estos temas de fe, voluntariado y cooperación conozca el buen trabajo que se desarrolla allá y que quien pueda se anime a ir porque seguro que será tan bien recibido como lo fui yo y tendrá la ocasión de tener una experiencia transformadora que no se puede explicar con palabras, sino que merecer ser vivida en primera persona.

Albery Belliard Vargas

Santiago, República Dominicana

BIENVENIDOS A UN MUNDO DIVERSO, A UN MUNDO DISTINTO, A UN MUNDO GLOBAL. DONDE TODOS SEREMOS HERMANOS NO IMPORTA LA RAZA NI EL COLOR DE LA PIEL…

 

…Nos recibieron cantando esta bella canción en aquella mañana del verano de 1998 un grandioso equipo de animadores y trabajadores en el campus preparado para acampar. Los ánimos estaban en su máxima expresión al llegar a disfrutar de lo que por primera vez, para mí y muchos otros niños en esa ocasión, sería vivir el “campamento Bao” gracias a Nuestros padres que desprendiéndose de lo material y emocional nos permitieron gozar de este regalo natural y formativo.

 

Olvidarse de las casas edificadas en la urbe y de la televisión y los programas favoritos; conectar con la naturaleza, disfrutarla, empezar a cumplir reglas de una forma lúdica y educativa fueron parte de los atractivos que me motivaron a sentir el anhelo de volver el siguiente verano.

 

Las canciones hicieron eco en nuestras mentes. Al regresar, En la reunión de la pastoral de Adolescentes nombrada Grupos en Servicio (GES), gritábamos a todo pulmón cada una de las piezas. Mi padre (que en ese entonces era el coordinador de la Liturgia en la parroquia recién inaugurada) al ver esta reacción, gestiona la organización de un coro de niños para animar algunas eucaristías donde me incluyó junto a mis hermanas María Magdalena y Yarisa Belliard. Nuestra vida grupal inicia con fervor y entusiasmo siendo miembros activos de los GES y del coro así mismo como de los monaguillos y el Lectorado.

 

Los Grupos en Servicios fueron formados en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús por iniciativa del P. Ramón Dubert, sj., quien siendo párroco de nuestra parroquia beato Bonnaud en Cienfuegos, motivó a jóvenes destacados de la comunidad (Juan Henríquez) para que formaran el grupo en la parroquia y poder darles cada año el regalo del campamento de verano a sus integrantes solo cobrando el transporte y ofreciendo mucha variedad como formación, ropa, útiles escolares y deportivos, buffette, juegos, conexión con la naturaleza y enfoque Espiritual.

 

Cada año eran más y más los niños y adolescentes que se agregaban a los GES para participar en el campamento. La buena fama trajo a campistas que residían fuera de Cienfuegos. Con este aumento de niños y adolescentes se logró gestionar que en el año se hicieran actividades como visita a la cárcel de Rafey, retiros y convivencias en diversos lugares y programas culturales que incluyen tardes de juegos y reinado (ideas tomadas del campamento). Estas actividades nos mantenían entretenidos y cumplíamos con las asignaciones en las misas de la parroquia.

 

Al compartir con niños y adolescentes de otra parroquia manteníamos la relación y se realizaban encuentros y convivencias todos juntos fortaleciendo los lazos de unidad hasta otras agrupaciones pastorales.

 

Los temas tratados sobre la preservación de la naturaleza y su valor para la vida se revivían cada año haciéndonos conscientes y de esta forma tomar acciones que en nuestra comunidad ayuden a cumplir dicho objetivo. Disfrutar del río Bao dos y tres veces al día, subir la montaña, admirar la presa y el relieve que le rodea, respirar el aire limpio y puro que allí circunda, observar los animales, comer frutos maduros… uff! SON DETALLES INOLVIDABLES.

Personalmente aprendí a valorar nuestro medio ambiente y actualmente me duele ver como un árbol es maltratado al ver arrancar una de sus hojas u otros de sus componentes así mismo la compasión con los animales si están lesionados o discapacitados.

 

Trabajar los temas de solidaridad, fraternidad y hermandad me hizo fuerte en la práctica del respeto a las personas y a la vida como una ley; el buen trato, la cortesía son parte sagrada de mi diario vivir.

 

Observar la entrega con la que nuestros facilitadores y equipo de campamento hacían su trabajo me motivaron a desarrollar el servicio.

 

Por la gracia del Espíritu Santo fui escogido para coordinar a los monaguillos (2001-2006), dirigir el coro de niños en 2002-2003, coordinar un sector parroquial (2005-2007), y actualmente guía de los GES desde 2006 y director del coro parroquial beato Bonnaud desde 2007.

 

Al ser guía de los GES también estaba comprometido con ser guía del campamento tomando un giro la experiencia del campamento. Organizar y estar en la coordinación de los campamentos de verano de las parroquias que juntos asistimos al campamento me ayudó a fortalecer el ser líder. Conocer otros servidores, sus ideas y alternativas que se presentaban en los campamentos de guías que se realizan para coordinar todo lo relacionado al campamento de verano de los niños y adolescentes me sirvió para seguir abriendo mis conocimientos.

 

Servir como guía para los campistas es compenetrarse con ellos, ser padre y madre, estar atento a que disfruten cada paso, cada actividad; y satisfactorio es cuando ellos reconocen esa dinámica y responden de manera positiva. Saber orientar a los que tienen un comportamiento diferente a lo estipulado. Reconocer su voz en tu comunidad y llenarte de memorias y buenos recuerdos tiene un valor altísimo y que estará conmigo siempre.

 

Aprender del equipo que con amor realiza todo lo posible para que cada año haya campamento y cumplir con sus valiosos objetivos es el gran ingrediente de mi perseverancia en las responsabilidades de mi vida. Tener grandes consejeros espirituales y de la vida, emprendedores que nos sirven y gestionan para nuestro bien y evangelización.

 

Hoy en día soy médico pre-interno de la UASD recinto Santiago con la ayuda de Dios y mi familia, músico cantor y director, Presidente fundador de la Asociación de Estudiantes Universitarios de Cienfuegos, promotor de cursos y talleres en la comunidad, defensor de la ecología. Organizador de eventos culturales, religiosos, profesor musical y un ser entregado al servicio por el bien de los demás.

 

Y un gran por ciento en el desarrollo de mis dones y/o habilidades lo debo a la experiencia dentro de los campamentos de verano hoy llamado Campamento P. Ramón Dubert. Las gracias a Dios por permitir manifestarse a través de esta gran obra de Caridad y Amor. Gracias al comité gestor y organizador de los campamentos, Gracias por los padrinos y grandes colaboradores, gracias por cada guía y cada campista.

 

Estos años intachables sean la base para seguir construyendo sobre los valores y seguir contribuyendo al bienestar de nuestra sociedad.

Ana Arias

Santiago, República Dominicana

Puedo compartir muchas vivencias de los 7 años ininterrumpidos que fui campista en Bao. El sexto año, además de campista, también fue servidora en 4 campamentos previos al campamento de los Grupos En Servicio. 

 

Puedo comenzar diciendo que aprendí a leer los Salmos desde la Biblia.  Me gustaba leer en las misas, pero como lo hacía desde el misal, ahí están organizados los Salmos con sus respectivas paradas.  En el primer campamento al que asistí, me toco leer el Salmo y lo leí completo, sin pausas, cuando me faltaba solo una línea para terminar, me detengo y le digo “Padre, y cuando es que se repite?”, Dubert con aquella paz me dice “Ya termina y al final lo repetiremos 3 veces, no te preocupes”. Todo el mundo se echo a reír.

Aprendí a conocer que la Tierra nos habla, en aquellas misas a la orilla del rio en las que todos nos acostábamos a escuchar la Tierra, cuantos mensajes de paz recibidos!

 

El respeto, la paciencia, la tolerancia, son valores que se cultivan día a día en el campamento cuando tienes que dormir con 6, 7 u 8 personas con las que apenas has compartido algunos sábados y luego de esos días en Bao son casi tus hermanas. 

 

Las reflexiones mañaneras que te hacen ver que tú necesitas cultivarte para ser mejor persona y contribuir más ampliamente al propósito que Dios tiene para ti.

Descubrir que nada es gratis y si quieres ver el horizonte desde la punta de la montana, debes esforzarte y subir, nunca detenerte y ayudar a otros a que suban contigo, pues la verdadera satisfacción es que estemos todos arriba, no yo sola.

Otra experiencia que puedo contar, es la oportunidad de comer en casa de Lila, esa señora que vivía junto a sus hijos en el frente del campamento.   Descubrir que lejos de la ciudad y de las comodidades vivía esa familia con tantas escases, tan diferente a las casas nuestras, y que además, de lo poco que tenia, estaban dispuestos a compartirlo y nos invitaban a comer.

 

La aceptación de toda esa comunidad a los campamentos y como nos acompañaban día a día en la misa y en ocasiones en la fogata donde algún numero nos preparaban para compartir con nosotros.

Sentir aquella felicidad cuando llegaban los campamentos, todo era perfecto pues el techo era el cielo, el piso la tierra, la ducha el rio, todo perfecto pues así lo ha hecho Dios para nosotros.

 

Los campamentos me renovaban año tras año, y ahora, después que he formado familia, compartirlo con ellos también ha sido una gran bendición, pues ya he podido ir 3 veces en familia a dormir en Bao, espero que algún día mis hijos puedan afirmar, como afirmo yo hoy que realmente los campamentos transformaron mi vida.

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